An excerpt from the work in progress / Pasaje del libro que estoy escribiendo

Hello, Dear Readers. Did you miss me? I could give you a number of plausible excuses for not posting in the last month, but the truth is I have been working on the WIP and writing my little heart out. Yes, every writing site and pundit says you should develop your social media platform while you are writing, and some of the time I can handle it, but not always. I suspect my posting frequency will be a bit sluggish this spring because I must prioritize, and priority number one is to get this freakin’ story out of my head and on paper!

As my characters and I fight our way through the middle section of the novel, which I am glad to report is full of conflicts and twists (excerpt below), I will be posting a bit more on what I’m learning as a writer. I’ll also attempt to get out the odd short story, but I have to tell you–every brain cell I have is wrapped up with this novel in a non-mutual symbiotic relationship.

Here’s a scene from Chapter 26

The great hall was packed with people to witness the last of the realm’s official hearings before the new year, in part because there was no knowing when the Queen would resume business after her marriage, and in part because a southern noble had accused a palace worker of theft. Lingli sat alone on the criminals’ bench except for the guard assigned to watch her. She occasionally tried to focus on the words and manners of the judges or the Queen, but her thoughts fell inward onto memories of every bad thing that had ever happened to her. She was sunk in self pity and knew it, berated herself for it, but could not rise above the sorrow that seemed weightier than her bones.

Throughout the proceedings, Sid refused to look at her. The Queen remained quite impassive and offered no more comment than was required. Finally, after trade disputes had been settled and petitions had been presented for funds to repair the lower stables, for inducting three new weavers into the Queen’s service and, once again, for establishing a school for the traders’ children, Sir Netin sat the golden arm cuff in the center of the judges’ table. The hall began to buzz. Madam Satya drew herself a little taller in her seat and announced, “Let the next petitioner approach.”

From the corner of her eye, Lingli could see people moving aside to allow Princess Mafala to come forward. She glided over the ebony floor wearing a simple sari as did the Queen. However, while the Queen’s dress was a brilliant magenta wrapped over a long-sleeved black wool coat, the Princess’s sari was blood red as was her blouse. The message could not have been clearer.

The guard grabbed Lingli’s arm and hauled her to her feet. She remained a little behind Mafala and to one side, but she didn’t need to see the princess’s face to know she was perfectly composed. The lies necessary to support the accusation of theft unspooled smoothly from her lips. The Queen’s gaze never wavered from the princess as she made her charges, but Lingil watched Sid shift in his chair through the highs and lows of the testimony.

“As soon as I realized she was the only servant who had entered my inner quarters at the time the cuff went missing, I demanded my guards search her in the presence of the Queen’s own men.” Mafala shook her head in disbelief, “What astounded me was that this thief would carry my family’s heirloom in her pocket right there in front of me. She didn’t even try to hide the object, she is so bold. Who knows what else she’s stolen!”

Mafala humbly cast her eyes toward the floor. The audience’s whispers rose and echoed in the hall. Lingli didn’t realize that Madam Satya had asked her a question until the guard shoved her shoulder.

“I said,” Madam Satya repeated slowly, as if Lingli might be stupid as well as deaf, “did you steal the golden cuff that sits on this table and was discovered today in your pocket?”

“No,” Lingli said softly. “I was as surprised as the princess because I didn’t take her ornament, but I suppose you expected me to say that.”

All at once Lingli saw Sir Roshan and Sir Netin sit back in their chairs, satisfied that this petition was finished. Sid was biting his thumb. Madam Satya looked up from her brows, poised to make her conclusion. And the Queen, who somehow seemed very far away, stared at Lingli as though she had never seen her before, never praised her handiwork, never asked her to conspire in stopping Mafala from copying her wedding dress.

“I was even more surprised,” Lingli continued before Madam Satya could speak, “that of all the precious pieces I had seen in the princess’s quarters–the golden belts and headdresses, agate, topaz and sapphire necklaces, and pendants, and a large amethyst ring I’d often admired on her table—the one that looked exactly like Envoy Kanaka’s missing ring…. Of all those fabulous ornaments, the one that someone put in my pocket was surely the ugliest and most worthless bauble in her possession.”

The hall erupted. Madam Satya put a hand to her brow and took a breath before signaling the drummers. When the room had somewhat settled, Madam Satya loudly asked, “Do you know who put this ornament in your pocket?”

Lingli weighed her words, understanding that the truth would be easily turned against the poor girl who had done her mistress’s bidding. “No, Madam.”

EspanolHola, queridos lectores. ¿Me extrañaron? Les podría dar varias excusas por no haber publicado el mes pasado, pero la verdad es que he estado trabajando en mi libro y escribiendo apasionadamente. Todas las páginas de consejos de escritura y todos los expertos dicen que se debe desarrollar la plataforma de medios sociales mientras se está escribiendo, y a veces puedo hacerlo, pero no siempre. Creo que publicaré un poco menos esta primavera porque debo tener prioridades y la prioridad número uno es sacar esta historia de mi cabeza y ponerla en papel.

A medida que mis personajes y yo nos abrimos camino a través del medio de la novela, que me complace informar está llena de conflictos y giros (como el pasaje más abajo), voy a publicar un poco más sobre lo que estoy aprendiendo como escritora. También voy a tratar de publicar uno que otro cuento, pero hay que decir que cada neurona de mi cerebro está involucrada con esta novela en una relación simbiótica no mutua.

Esta es una escena del capítulo 26

El gran salón estaba lleno de gente que esperaba la última de las audiencias oficiales del reino antes del año nuevo, en parte porque no se sabía cuando la Reina volvería a sus obligaciones después de su matrimonio, y en parte debido a que una noble del sur había acusado de robo a una sirvienta del palacio. Lingli estaba sentada sola en el banco de los criminales a excepción del guardia asignado a vigilarla. Por momentos trataba de concentrarse en las palabras y los gestos de los jueces o de la Reina, pero sus pensamientos se enfocaron hacia adentro, hacia los recuerdos de todas las cosas malas que le habían sucedido. Estaba sumergida en el sentimiento de lástima por si misma y lo sabía, se lo recriminaba, pero no podía superar el dolor que parecía más pesado que sus propios huesos.

Durante todo el procedimiento, Sid se negó a mirarla. La reina se mantuvo impasible y no ofreció más comentarios de lo que era requerido. Finalmente, después de que los conflictos comerciales se habían resuelto y las peticiones habían sido presentadas en busca de fondos para reparar los establos inferiores, para la introducción de tres nuevos tejedores al servicio de la Reina y, una vez más, para el establecimiento de una escuela para los niños de los comerciantes, Sir Netin puso el brazalete de oro en el centro de la mesa de los jueces. Un zumbido resonó por el salón. La señora Satya se enderezó un poco en su asiento y anunció:

–Que se acerque el siguiente peticionario.

Por el rabillo del ojo, Lingli podía ver a gente que se movía para dejar pasar a la princesa Mafala. Esta caminaba elegantemente por el suelo de ébano vestida con un sari simple como el de la reina. Sin embargo, el vestido de la reina era de un magenta brillante envuelto en un abrigo de manga larga de lana negra mientras que el sari de la princesa era de color rojo sangre como su blusa. El mensaje no podía ser más claro.

El guardia agarró el brazo de Lingli y la puso de pie. Ella se quedó un paso atrás de Mafala y a un lado, pero no necesitaba ver la cara de la princesa para saber que estaba perfectamente calmada. Las mentiras necesarias para apoyar la acusación de robo se derramaron suavemente de sus labios. La mirada de la reina nunca dejó a la princesa mientras hacía sus acusaciones, pero Lingli observaba a Sid moverse en su silla en los momentos clave del testimonio.

–Tan pronto me di cuenta que ella era la única sirvienta que había entrado en mis aposentos privados cuando desapareció el brazalete, le ordené a mis guardias que la requisaran en presencia de los hombres de la reina –Mafala sacudió la cabeza con incredulidad –. Lo que me asombró fue que esta ladrona se quería llevar la herencia de mi familia en el bolsillo justo en frente de mí. Ni siquiera trató de ocultar el objeto, es tan descarada. ¿Quién sabe qué más ha robado?

Mafala bajó su mirada hacia el suelo con humildad. Los susurros de la audiencia se volvieron más fuertes e hicieron eco en el pasillo. Lingli no se dio cuenta de que la señora Satya le había hecho una pregunta hasta que el guardia empujó su hombro.

–Repito: –la señora Satya dijo lentamente, como si Lingli fuera estúpida, además de sorda–, ¿Es verdad que robaste el brazalete de oro que se encuentra sobre esta mesa y que fue descubierto hoy en tu bolsillo?

–No –dijo Lingli en voz baja–. Me sorprendió tanto como a la princesa, porque no había tomado ese ornamento, pero supongo que esa es la respuesta que esperaba de mí.

Lingli vio a Sir Roshan y Sir Netin acomodarse en sus sillas, satisfechos por el fin de esta petición. Sid se estaba mordiendo el dedo pulgar. La señora Satya levantó la mirada, a punto de hacer su conclusión. Y la Reina, que parecía muy lejana, se quedó mirando a Lingli como si nunca la hubiera visto antes, nunca hubiera elogiado su trabajo, nunca le hubiera pedido que conspiran para impedir que Mafala copiara su vestido de novia.

–Me sorprendió aún más –Lingli continuó antes que la señora Satya pudiera hablar–, que de todas las piezas preciosas que había visto en los aposentos de la princesa: los cinturones y tocados de oro, los collares y pendientes de ágata, topacio y zafiro, y un gran anillo de amatista que a menudo había admirado sobre su mesa, el cual era exactamente igual al anillo perdido del Emisario Kanaka… De todas estas joyas fabulosas, la que me pusieron en el bolsillo era sin duda la chuchería más fea y más inútil en su poder.

La sala estalló en ruido. La señora Satya se llevo una mano a la frente y respiró profundamente antes de hacerle una señal a los tamborileros. Cuando la habitación se había asentado un poco, la señora Satya preguntó en voz alta:

– ¿Sabes quién puso este ornamento en tu bolsillo?

Lingli reflexionó antes de hablar, comprendiendo que la verdad podría fácilmente voltearse en contra de la pobre muchacha que había seguido las órdenes de su señora.

–No, señora.

 

Advertisements

Leave a comment

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s