A snippet from chapter 6 / Pasaje del capítulo 6

I wanted to write a post about voice, being impressed recently with Norman Partridge’s voice in Dark Harvest, a Stoker Award winner, but I finished it so long ago I’d have to go back and reread to tell you all the reasons why Partridge’s voice is so right for this fast-paced, noir-ish horror story. I don’t have time right now. I have taken up a new day job that is working me hard (I’ve lost three pounds in two weeks.), and I have not been reading or writing much of anything. Therefore, in an effort to get 2017 moving, I thought I would share a scene from chapter 6 of the WIP. The chapter still needs work, but I like this encounter. I hope you will, too.

Lingli threw her fishing spear at the flutter. They rose higher and separated. With her knife, she stabbed wildly about the wings of the remaining creature as the thing pulled away from the man beneath. She was unsure she had struck any substantial part until she felt the crunch of its thin armor and oily greenish fluid spattered her cloak. The butterfly pitched forward and flapped away a few yards before falling to the ground with a soft thud, its antennae and legs scrabbling. Lingli rushed after it and stabbed downward. It stilled, but the air clicked around her, and she felt the breeze of wingbeats behind. Grabbing a handful of pebbles from the road, she spun around and threw them at the other creatures. The butterflies hovered for an instant and pointed their antennae at her before swarming up into the high canopy of a silver tree.

Afraid this would be a short retreat, Lingli retrieved her small spear and returned to where the man lay, glancing overhead and over her shoulder every few seconds. He had a dirty scrap of cloth tied around his face that had been pushed up but it still covered his nose and ears. He retched and gasped but didnʼt try to get up. Lingli stayed just beyond his reach in case he was stronger than he looked. Finally, he raised a hand to touch his face and neck, which were covered with several v-shaped cuts and scabs.

“Water?” Lingli asked, before she remembered she had left her waterskin back in the bower.

“Do I hear an ancestor?” the man replied in a hoarse voice. He opened one sunken eye that scarcely lit its cadaverous socket. “Not an ancestor. A ghost. My luck, my luck…all sucked away.”

“I am not a ghost,” Lingli said.

“Not a ghost, she says. Not a ghost. Not a ghost.” The man mumbled to himself as if Lingli wasnʼt there. He rolled onto his side, coughed and spit. His clothing was hardly more than rags. Smears of mud, dry and fresh, striped his face and pasted down his long hair. With a weary sigh, he splayed his boney hands and pushed himself up.

Lingli took a step back and held tight to her knife.

He didn’t move toward her but raised his brows and spoke as though he were telling her a secret. “Theyʼre learning. Oh, theyʼre learning!” The man laughed, then winced and put a hand to his throat.

“Who are you?” she asked.

“No one,” he said, eying her suspiciously. “Just a traveler. Yes, a traveler. Like yourself. And travel is what I must do. Must go. Must go now. My sonʼs waiting. He’s in…. Where was it? Time is passing too fast, too fast and too slow. Do you have any berries?”

“Berries?”

“Yes, those delicious blue ones, you know. Sazainga? Nightberries? So sweet sweet. Iʼm hungry. Always hungry. Always. They purge me quite often, you know.”

Lingli took another step back and shook her head.

“Does the ghost think Iʼll harm her? Thatʼs not a ghostly thought. Not at all.” The man weaved on his feet as though he’d fall in a strong wind. “Donʼt worry, Ghost. The good deed shall be rewarded. Iʼll tell you what is obvious. If you eat the berries, they will come for you. You may fight them with your little knife. I had a bigger one once. Yes, I did, but theyʼll not leave off. Always hungry. See.” He pushed up a sleeve to show a pale arm that was nothing more than skin on bones. “Youʼre just a big flower. And they love your juice. Ha!” The man adjusted the cloth over his nose and mouth. “And if you donʼt eat, youʼll die of hunger. Unless youʼre clever enough to catch a rabbit or a squirrel. Oh, I have, I have. Some…time ago. What day is it?”

“Twelth day of the ninth moon,” Lingli said.

“Ninth moon? Ninth moon!” The man turned away from her and looked upward as if the leaves or the sky beyond might give him a sign needed to resolve some dilemma. He muttered something and abruptly swung around to face Lingli again. “Mudʼs good,” he said, gesturing to his face. “Slick root–must eat it. Theyʼll ignore you if they canʼt smell you.”

EspanolTraducido al español por Daniela Toulemonde.

Quería escribir una entrada acerca de la voz del autor. Hace poco la voz de Norman Partridge en Dark Harvest, libro ganador del premio Stoker, me impresionó mucho, pero lo terminé hace tanto que tendría que volver a leerlo para describir todas las razones por las que la voz de Partridge es tan adecuada para esta rápida historia de terror que es casi una novela negra. Ahora no tengo el tiempo. Comencé un nuevo trabajo que me exige enormemente (he perdido un kilo y medio en dos semanas), y no he estado leyendo o escribiendo para nada. Por lo tanto, para calentar los motores de 2017, pensé en compartir una escena del capítulo 6 de la novela que estoy escribiendo. El capítulo todavía necesita trabajo, pero me gusta este encuentro. Espero que a ustedes también les guste.

Lingli arrojó su arpón en dirección del aleteo. Se elevaron más y se separaron. Con su cuchillo, intentó desesperadamente apuñalar las alas de la criatura que permanecía ahí mientras la cosa se apartaba del hombre que tenía debajo. Lingli no sabía si había logrado acuchillar algo importante hasta que sintió el crujido de la delgada armadura y el aceitoso líquido verdoso salpicó su capa. La mariposa se inclinó hacia delante y se alejó volando unos metros antes de caer al suelo con un golpe suave, sus antenas y patas moviéndose con dificultad. Lingli corrió tras ella y la apuñaló. La mariposa no se movió, pero el aire crepitó a su alrededor y Lingli sintió una brisa de aleteos tras ella. Agarrando un puñado de guijarros del camino, se dio la vuelta y los arrojó a las otras criaturas. Las mariposas revolotearon por un instante y la señalaron con sus antenas antes de irse en enjambre hacia la alta copa de un árbol plateado.

Temiendo que sólo fuera una retirada temporal, Lingli recuperó su pequeño arpón y volvió a donde estaba el hombre, mirando por encima de su hombro una y otra vez. El hombre tenía atado alrededor del rostro un trozo de tela sucia que se había levantado un poco pero que todavía le cubría la nariz y las orejas. Vomitó y jadeó, pero no intentó levantarse. Lingli se quedó justo fuera de su alcance en caso de que fuera más fuerte de lo que parecía. Finalmente, el hombre levantó una mano para tocarse la cara y el cuello, que estaban cubiertos con varios cortes y costras en forma de v.

–¿Agua? –preguntó Lingli, antes de recordar que había dejado a su bolsa de agua en el enramado.

–¿Oigo un ancestro? –respondió el hombre con una voz ronca. Abrió un ojo hundido que apenas daba luz a su cuenca cadavérica– No es un ancestro. Un fantasma. Mi suerte, mi suerte… completamente chupada.

–No soy un fantasma –dijo Lingli.

–Dice que no es un fantasma. No es un fantasma. No es un fantasma. El hombre se murmuraba como si Lingli no estuviera allí. Se puso de costado, tosió y escupió. Su ropa era poco más que harapos. Pedazos de barro seco y fresco pintaban su rostro y le pegaban el largo cabello a la cara. Con un suspiro de cansancio, abrió sus manos huesudas sobre el suelo y se impulsó hacía arriba.

Lingli dio un paso atrás y se aferró con fuerza a su cuchillo.

Él no se movió hacia ella, pero le sonrió, levantó las cejas y habló como si le estuviera contando un secreto.

–Están aprendiendo. Oh, están aprendiendo. – El hombre se echó a reír, luego hizo una mueca y se llevó una mano a la garganta.

–¿Quién eres? –preguntó ella.

–Nadie –dijo él, mirándola con recelo–. Sólo un viajero. Sí, un viajero. Como tú. Y viajar es lo que debo hacer. Debo irme. Debo irme ahora. Mi hijo me está esperando. Está en… ¿Dónde era? El tiempo está pasando demasiado rápido, demasiado rápido y demasiado lento. ¿Tienes bayas?

–¿Bayas?

–Sí, esas deliciosas bayas azules, sabes. ¿Sazainga? ¿Bayas de la noche? Tan dulces, dulces. Tengo hambre. Siempre tengo hambre. Siempre. Me purgan con frecuencia, sabes.

Lingli dio otro paso hacia atrás y sacudió la cabeza.

–¿El fantasma piensa que voy a hacerle daño? Ese no es un pensamiento de fantasma. Para nada. – Aun estando de pie, el hombre zigzagueó como si un fuerte viento lo tumbaría. –No te preocupes, Fantasma. La buena acción será recompensada. Te voy a decir lo que es obvio. Si te comes las bayas, vendrán por ti. Podrás luchar contra ellos con tu cuchillito. Yo solía tener uno más grande. Sí, lo tenía, pero ellos no paran un segundo. Siempre tengo hambre. Ves. – Haló su manga para mostrar su brazo pálido que no era más huesos recubiertos de piel. –Tú eres sólo una flor grande. Y les encanta tu jugo. ¡Ja! – El hombre se ajustó la tela sobre la nariz y boca. –Y si no te comen, morirás de hambre. A menos que seas lo suficientemente inteligente como para cazar un conejo o una ardilla. Oh, yo lo he hecho, lo he hecho. Hace… tiempo. ¿Qué día es hoy?

–El duodécimo día de la novena luna –dijo Lingli.

–¿La novena luna? ¡La novena luna! – El hombre se apartó de ella y miró hacia arriba como si las hojas o el cielo tras ellas le pudiesen dar una señal para resolver su dilema. Murmuró algo y de repente se dio la vuelta para enfrentar a Lingli de nuevo. –El barro es bueno –dijo, señalándose la cara–. La raíz aceitosa… debes comerla. Te ignorarán si no pueden olerte.

 

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